ISLA TORTUGUILLA UN DESTINO POR DESCUBRIR

Foto. Andres Felipe Rojas Sarmiento

Isla Tortuguilla  es una pequeña isla del Caribe colombiano. Se sitúa a unos 9 km de tierra firme,​ en las coordenadas 09°01′50″N 76°20′40″O. Administrativamente pertenece al departamento de Córdoba, bajo jurisdicción del municipio de Puerto Escondido. una isla con nombre de carey, situada enfrente de las playas de Puerto Escondido, sede del Festival Nacional del Bullerengue, un destino por descubrir.

Descubierta por Alonso de Ojeda, en su primer viaje al Darién, sirvió, después, para que los nativos de Puerto la visitaran en incursiones de pesca. Pero el turismo, esquivo por la falta de vías de comunicación, apenas vino a descubrirla hace pocos años cuando los turistas empezaron a construir cabañas en Puerto Escondido Viejo, una playa que se colma de bañistas en temporadas de vacaciones.

Un viejo lobo de mar, curtido en viajes de cabotaje a Panamá, me llevó en mi bote, Papillón , a Tortuguilla en uno de mis tantos viajes a Puerto. Allá en la cabaña de la isla, entre sorbo y sorbo de ron, me decía: Mire, usted no sabe la historia de esta isla. Su dueño que vivía en Cartagena colocó de cuidador de ella a un amigo de Barú .

El guardián del islote, un hombre pálido, barbirrucio y de pocas palabras, aficionado a los gallos de pelea, aprovechó la oportunidad para establecer allí una cría de gallos finos . Dos años después la fama de la gallería viajaba en los balandros que atracaban en Puerto rumbo a Panamá. Sin embargo, la rutina y la nostalgia y la soledad de las isla fueron apoderándose del gallero.

Apareció un día en Puerto y alguien le oyó decir que estaba enfermo y viajaría a Cartagena. Ninguno, por lo intranscendente de la charla, le prestó atención. Mas el hombre, siempre silencioso y cabizbajo, viajó esa misma semana aprovechando el balandro II Sofía que acababa de arribar a Puerto. Luego nadie más se acordó de él.

Se sucedían los días con la lenta monotonía de la vida marinera. El gallero nunca más regresó a la isla. Entretanto la gallería quedó a la deriva. Los pollos se convirtieron en gallos y se mataban hermanos contra hermanos.

Fue en una fiesta de San Juan, cuando todos los porteños salen a las playas a bañarse, a cumplir con ese ritual sagrado y ancestral que parece purificarlos, cuando llegó al pueblo aquel enigmático forastero, precedido de la fama de brujo. El extraño visitante viajó a conocer la isla y por la tarde regresó con un gallo giro debajo del brazo. Lo encontré en la isla , había dicho con naturalidad. Ahí no más lo bautizó: la hamaca del diablo . Aquella misma noche de ron, tambores y bullerengue, se escabulló de Puerto sin derrotero conocido .

El viejo capitán apuró el último trago de la botella y guardó silencio… Y… y el final –le inquirí con curiosidad. El capitán escupió en el mar y rió a carcajadas. No lo sé… No lo sé –contestó . Después regresamos al anochecer cuando las luces de Puerto brillaban a lo lejos.

Se comentó en el pueblo –añadió el capitán sin darle importancia a lo que decía y reconcentrándose en sí mismo– que aquel desconocido había peleado su gallo en las galleras del Sinú, del San Jorge y Sabanas de Bolívar sin perder una sola riña. Su fama volaba de gallera en gallera. Parecía inmortal. Después regresó de padrote a la gallería.

Conocida la extraña leyenda –continuó diciendo en el capitán– no se supo más del forastero. Pero los galleros de Puerto –si decían– que ese achinado estaba empautado con el diablo . Sea lo uno o sea lo otro. Sea cierto o no aquella historia, inverosímil, tardé en olvidarla.

Volví muchas veces a Puerto y cuando miraba allá a lo lejos a la isla con nombre de carey, involuntariamente pensaba en la parte onírica de aquel viejo relato del capitán. Ahora, cuando son otros los tiempos, aunque el escenario sea el mismo, isla, cocoteros y playa, casi he olvidado la historia del gallero y su gallo mitológico y pienso que a Puerto, a pesar de sus afanes por salir del atraso, le ha llegado la hora para convertirse en un gran centro turístico. Porque su isla de leyenda, su mar azul y su gente generosa y acogedora, lo convertirán en un paraíso del turismo para olvidar el estrés que ocasiona este angustiado mundo en que vivimos.

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